biografia
Nació en Buenos Aires en 1972. Es licenciada en Administración de Empresas de la Universidad Católica Argentina. En 1997, estudió Marketing en la Universidad de Berkeley, California. Casi diez años después, se mudó a San Pablo, Brasil, y comenzó a escribir cuentos. Participó de talleres literarios y de cursos de redacción y corrección de textos, en el Instituto Superior de Letras Eduardo Mallea, de Buenos Aires.
En 2008 creó con una amiga un club de lectura bilingüe (portugués-español) en la ciudad de Barueri, San Pablo. Los lectores participan en forma presencial o virtual a través del blog: www.nossoclubedeleitura.blogspot.com
Al año siguiente, resultó doble finalista y ganadora del XXI Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve de la editorial De los cuatro vientos, con los cuentos: “La Nocturna” y “Compañías”. Participó con ambas obras en la antología Continuidad de las voces 2009. En julio de 2010 publica en Buenos Aires su primer antología de cuentos, Desde Otro Lugar.

club de lectura

En septiembre de 2008, creamos con mi amiga Andréa, Nuestro Club de Lectura, un espacio donde un grupo de lectores se encuentran una vez por mes para intercambiar ideas, reflexionar y debatir sobre libros. Las reuniones son en la ciudad de Barueri, en San Pablo, y más de un centenar de personas han disfrutado y conversado con nosotras sobre literatura. El blog que nació en Brasil, ahora también es bilingüe, y en él participan una interesante mezcla de lectores de diferentes nacionalidades. Nos gusta pensar que Nuestro Club de Lectura es una maratón de amigos leyendo juntos. Las novedades son informadas mensualmente. Si te interesa recibir las sinopsis de los libros que vamos a leer, envianos tu email. ¡Te esperamos!

Cuento Compañias

Al principio creí que se trataba de mi vista. Las veía por todos lados. Lo adjudiqué al hecho de vivir enchufada a un monitor diez horas por día. Compré un protector de pantalla, pero la situación no mejoró. De tanto en tanto, trataba de esquivarlas o de atraparlas con la mano. Volaban de un lado a otro.
Fui a un centro oftalmológico, donde me dilataron las pupilas a fuerza de gotas ardientes. Me impresionó descubrir que también con la vista distorsionada seguía viéndolas. Por allá pasa una volando, por allí se escondió otra… Esa que parece una en realidad son dos, una al lado de la otra.
El resultado parcial de la consulta fue cansancio visual.
—¿Usted ve líneas luminosas mientras trabaja?
—Sí, a veces veo como espadas fluorescentes que aparecen por los costados del monitor.
—“Rayos y centelleos”, señorita. Así es como se llama este problema, y se trata con unas gotas humectantes.
—¿Y las sombras?
—Las llamamos “Moscas volantes”. ¿Nunca intentó cazar alguna?
—Sí, varias veces…
—Son desprendimientos de la retina. Generalmente comienzan a aparecer con la vejez. Este no fue su caso.
—¿Cómo las eliminamos?
—No hay cómo. Yo le diría que se haga amiga de sus moscas y conviva con ellas. Si algún día percibe que aumentan, venga de inmediato.
Di dos vueltas por el hall del consultorio hasta acertar con la puerta del ascensor… Me sentía mareada. Dejé el auto estacionado y opté por caminar. Deambulé por el microcentro como entre tinieblas. Las luces se dispersaban; no podía leer los carteles ni los números de los colectivos y mucho menos los nombres de las calles. Pensé en los ciegos.
Al llegar a casa me acosté con los brazos cruzados detrás de la nuca, apagué la luz y caí rendida, con la imagen del oftalmólogo hablando grabada en mis retinas. Dormí tranquila hasta que sentí la presencia de una de las sombras flotando por encima de mi cuerpo. En medio de un escalofrío, abrí los botones negros que tenía de ojos y me incorporé, agitada, para espantarla. Encendí el velador y, como una autómata, accioné cuanta tecla de luz encontré por la casa. El efecto “pupilas” no tenía fin. Fui al baño y terminé en la cocina tomando un vaso de leche tibia. A cierta altura de la vida, no se le puede tener miedo a la oscuridad… Antes de volver a la cama, me cercioré de que la lámpara del pasillo iluminara buena parte de mi dormitorio. La sombra pareció haber captado el mensaje y estaba escondida detrás de la puerta. Me tapé con las sábanas hasta la cabeza y saqué la punta de la nariz para respirar mejor. Internamente, le imploré que no saliera.
Por aquel entonces, focalizaba mi esperanza en los frasquitos de colirio y efectuaba el ritual de las gotas cinco o seis veces por día. Cualquier cosa con tal de no verlas más.
Durante el día, rodeada de gente, la cuestión fluía bien. Los problemas comenzaban con el atardecer; parecía que la oscuridad las ayudaba a camuflarse mejor, se desinhibían.
 Traté de entender por qué no podía verlas directo, frente a frente. Debía tratarse de alguna característica de la visión humana, porque las detectaba claramente por los laterales y hasta por detrás de mí. Con el pasar de los años, también comencé a sentirlas; exhalaban un desagradable aliento frío. En casa convivía con unas seis y confieso que me aterrorizaba ver a más de cuatro juntas en un radio cercano. Desde un principio mi idea fue ignorarlas, negarlas y, durante algún tiempo, logré mantener un comportamiento socialmente aceptable, pero llegó el día en que se enfurecieron o se aburrieron de simplemente coexistir y empezaron a acosarme de forma inexplicable. Lo tomé como una provocación. No me dejaban hacer nada, a veces giraban a mi alrededor como un remolino. Las clasifiqué por el nivel de horror que me generaban. Cuando leía, se cruzaban a velocidad por encima de los libros y daban un efecto parecido al pestañeo. También dejaban marcas de vapor de agua en los vidrios y en los espejos del baño, que yo veía al salir de la ducha.
Casi todas eran de la misma forma, mudaban en tamaño. Tenían extremidades laterales como si fueran brazos; lo que sería la cabeza lo era todo, de forma ovoide y muy larga. Parecían tener un sólo ojo o mancha central oscura por la que miraban. ¿Veían? No sé si veían o simplemente contaban con algún radar de movimientos. Sin boca, nariz ni nada parecido al hombre. De aquellos brazos colgaban como unas membranas negras que se agitaban constantemente.
Un día me desesperé y comencé a atacarlas: a una le arrojé un libro y a las demás las corrí furiosa, a los manotazos. Rápidas y con buenos reflejos, en ocasiones conseguían esquivarme. Me pregunté si les dolería cuando las atravesaba con mis brazos. ¿Sentían? Lo que sí observé fue que perdían un poco la forma y, a cambio, yo me mareaba. Aquella vez debo haber corrido detrás de ellas durante una hora sin parar, hasta quedar exhausta. La batalla no había servido de nada y la indignación me brotaba como gotas de sudor al verlas en estado de contemplación.
Soñé con que salieran volando por las ventanas o que se metieran por dentro de las sombras, de donde surgían, para no aparecer nunca más. Pero nada de eso sucedió.
Fui a una iglesia y conversé con un cura. Que rece, que rece mucho para encontrar mi paz interior, que esparza agua bendita por todos los cuartos… que cene liviano… Me hizo una bendición especial a mí, otra a la casa, y me llenó de estampitas con santos.
Gotitas de colirio, agua bendita, plegarias… Una amiga me dijo que colgara ajos detrás de las puertas, que me diera baños de inmersión con sal gruesa y que me colocara vinagre blanco en la frente. Intenté eso y muchas otras tácticas más.
Las noches eran agotadoras y me resultaba normal despertar respirando su aliento inmundo. Por un tiempo, lo que mejor funcionó fue un tranquilizante que me dio un médico. Una maravilla encapsulada con efecto inmediato: a los diez minutos de tomarla, me sentía aturdida. Las sombras se me acercaban y yo me tapaba la cara con la almohada para evitarlas. Como máximo, a la media hora me desconectaba y no reaccionaba hasta el otro día. 
Decidí mudarme. Lo hice en dos oportunidades, y cada vez que terminaba de acomodar los muebles, aparecían como por arte de magia. Tal vez les disgustaba el desorden o quizá les llevaba un tiempo reubicarme. La primera vez que las vi, después de desembalar canastos por horas, no tuve más opción que romper en llanto. Maldije al cielo su existencia e inicié otra de mis terapéuticas y descontroladas persecuciones. Mientras las corría, me preguntaba si serían las mismas. Parecían las mismas.
En una fiesta traté de mostrárselas a una vecina. ¿La ve ahí? Se está asomando desde la sombra de la biblioteca. Esa es la más inquieta del grupo. Lo único que gané fue aquella mirada temerosa y despectiva, mirada de ojos curiosos que vibran al descubrir algo fuera de lugar. Infelizmente, esa era la mirada que siempre surgía tras la confesión de mis compañías.
Días después de cumplir los setenta años, sucedió aquello que había deseado durante toda la vida: desaparecieron. Fue de repente y sin aviso. Las busqué por todos los cantos de la casa y nada.
Jamás se me ocurrió que, llegado el ansiado momento, me iba a sentir tan angustiada. Fui a visitar a mi hermana con la idea de contarle lo sucedido; ella era la única con quien podía hablar del tema. Llegué a su departamento, toqué el timbre y no me contestó. Un vecino salió del edificio y aproveché para pasar. Encontré a mi hermana leyendo el diario en la cama. No había percibido la hora: eran las ocho de la noche. La llamé y no me escuchó. Sorda como una tapia había quedado con los años. Entonces le moví las hojas de los diarios. Sorda y concentrada.
La vi pestañear y refregarse los ojos como si de repente le hubiera entrado una basurita. Me paré bien al lado de ella y palideció al verme.
—¡Juanita! —la llamé. Y ella, sobresaltada y con cara de asco, me estampó un golpe con el diario y comenzó a correrme por el pasillo.
—¡Pará, Juanita, pará que soy yo! —le gritaba asustada mientras trataba de esquivar sus patadas. Me sentí desconcertada y me escondí detrás de un mueble.
A veces, ella llora y reacciona mal cuando me le acerco. Paciencia, me digo. Y me dedico a hacerle compañía.

Bella esclava

En medio de su desayuno, pensó: “Tendría que haberme preparado un té de manzanilla, tanto café no es bueno…”. Le agregó un chorro de edulcorante y se lo tomó en tres sorbos. Untó la tostada light con mermelada orgánica de frutilla y, mientras masticaba, leyó detenidamente la etiqueta del frasco que decía: “Sin adición de azúcar, ni conservantes”. Se sintió satisfecha.
Fue a ducharse. Con ayuda de la esponja vegetal más un jabón exfoliante, frotó sus piernas y abdomen en forma circular y ascendente. Una crema de barro humectó por diez minutos las puntas de su cabello, al que enjuagó con abundante agua fría. Después de secarse, tomó la loción liporreductora que le habían regalado y, repitiendo el procedimiento anterior, se la pasó por todo el cuerpo. Miró sus ojeras y, desafiándolas, las cubrió con un producto importado que aseguraba deshinchar y aclarar la oscuridad de la zona. Se puso crema antiarrugas y pantalla solar 60 en rostro, cuello y escote y, para finalizar su obra, se maquilló con un look natural. Sólo le faltaba alisarse los rulos. Armada con secador profesional y cepillo para  brushing, creó una alterada nube de aire caliente que dejó rendida hasta la onda más insurrecta. “El mes que viene me hago la plancha permanente”, se juró decidida.
Eligió la cartera acorde con sus zapatos, se miró de punta a punta en el espejo, se acomodó el corpiño, sacó cola y salió del departamento. Mientras bajaba en el ascensor, buscó una birome en la cartera y se escribió en la palma de la mano las letras “MAN” y un signo “$” (pesos) al lado.
Linda, linda, preciosa. Así estás bien. Dejá los labios entreabiertos. Bien, bien, no te muevas. Bajá el hombro derecho, reclinate un poco. Ahora mirá hacia arriba. Así está bien. Hoy estás más linda que nunca, ¿escuchaste? OK, suficiente. Andá a cambiarte de ropa. Necesito más iluminación en el fondo.
¿Ya estás lista? Estos colores combinan perfectamente. Una horita más y terminamos, ¿sí? ¿Tomaste algo? Parecés cansada. ¿Estás un poco amarilla o me parece? Por favor, alguien que le ponga más rubor. ¡Vamos, rapidito!
Comencemos. Levantá los brazos. Apúntenle el ventilador para que el cabello vuele. Arqueá la espalda un poco. Ahora arrodillate y recostate lentamente sobre tus tobillos. Así está genial. Ahora sentada. No estires tanto los brazos, parecés tensa. ¡Un poco más de gracia, por favor! Tomate un segundo para respirar profundo. Nos tomamos todos un minuto, ¿OK?
Vamos de nuevo… Cuidado con las sombras. Relajá un poco la cara. La mirada también, abajo las cejas.  Estas salieron buenas, muy buenas. ¡Bravo!
Probate el próximo conjunto que vienen las escenas trotando. Agilidad, en lo posible, que estamos trabajando contra reloj.
Acordate de resaltar la etiqueta de la ropa, no la tapes con las manos. Te quiero en el medio del paisaje. Un, dos, tres. ¡Ya! Otra vez, por favor. Un poco más despacio ahora. Así está mejor. Alguien que le retoque el maquillaje. Está transpirando. Hay que cambiarle la musculosa. ¿Tenemos otra del mismo color? ¡Menos mal!
Las últimas tomas son las de la playa. ¡Necesitamos más arena! Más, más. OK, ¡ahí está bien! ¿Te acordás de lo que hablamos? Ahora lo que vende es la sensualidad. Te quiero sexy, ¡bien sexy! ¿Por qué no te tomás un traguito de vino, así te aflojás un poco? ¿Caipirinha? ¿Tenemos caipirinha? ¿Vodka? Cariño, esto no es un bar, sólo tenemos cerveza o vino. Salpíquenla un poco. ¿Dónde estás, Eduardo? Necesitamos el peinado con el pelo mojado.
Veamos cómo te ves… Preciso luces más cálidas para simular el atardecer. Así está perfecto. Recliná tu espalda sobre la roca y mirá hacia el agua. Eso mismo es lo que quiero, bien. Girá el torso un poco hacia a la derecha. Sin sonrisas, por favor. Bien, muy bien. Abrí un poco la boca, sostené el pelo hacia atrás, ahora poné la mano en la frente, OK. Muy buena esa toma. Vamos, vamos. Dame algunas más de ese tipo. Linda, linda. Sos toda una diosa. Gracias.
¿Qué hora es? ¡Uyy, qué tarde! Muero de hambre. Nos encontramos mañana a las siete y terminamos con los otros modelos, ¿OK? Comé algo antes de venir, así tenés más energía.
Bueno, gracias. Gracias a todos. Hasta mañana. Descansen. Por favor, tratá de llegar temprano que tengo que comenzar un book al mediodía, ¿OK?

Estuviste bien. Una reina. Magnífica, como siempre. Fueron cinco horas, por eso te ves un poco cansada…
¿Te acordás lo que hablamos del peso? Son dos kilitos que van a eliminar este mini flotador que se está formando por acá. No te voy a poder renovar el contrato con la marca si no los perdés, ¿me entendés? Fue una de las condiciones para la firma. Ya sé que te estás matando, mi reina… sólo te pido un esfuercito más. Los genes no te ayudan, así que si vas a seguir en este negocio te tenés que sacrificar. Basta de trasnochadas y de comida chatarra. Más natación, dieta y musculación. Estamos en el comienzo de tu carrera y, si no te das a conocer este año, nunca vas a llegar a la cima. Esperá que tengo que atender este llamado.
Disculpame, ¿en qué estábamos? ¡Ah! Sí, es cierto. Me atrasé un poco con tu pago. Ya sé que necesitás la guita. Tranquila, linda, voy a ver si cobro y te deposito la semana que viene. ¿Cómo no me voy a acordar de tu préstamo? En un par de días tenés todo en la cuenta. Olvidate, ¿OK?
¡Ah! Otro tema. Las axilas. ¿Empezaste el tratamiento del limón que te indicamos? Acordate de frotarte durante diez minutos todas las noches. Esas manchas tienen que ceder cuanto antes para las nuevas fotos. Sí, claro que se pueden retocar, pero pensá en los desfiles o ¿vas a andar siempre de brazos caídos? Habría que demandar a esa bruta que te quemó con la cera.
Te traje los ansiolíticos que me pediste. Es necesario que descanses por las noches. Empezá con medio comprimido, a ver si te ayuda… No mezcles esto con alcohol porque vas a estar boleada durante el día. Mi maquilladora hace milagros, chiquita, pero vos vas a tener que conciliar el sueño para que tu cara, especialmente tu ojos, estén frescos por las mañanas.

 Llegó la noche. Le dolía la cabeza. Revoleó los tacos, se sacó con cuidado las medias de lycra, se desabrochó el corpiño con aros que hacía horas sentía clavándose en sus costillas, se comió una ensalada, respetando una dieta odiosa que le prohibía ingerir carbohidratos después de las cinco de la tarde, y se echó en un sillón a hacer zapping. Dejó su mente en blanco, saltando de canal en canal hasta que le dio sueño y fue al baño. Le regaló una exagerada sonrisa al espejo. Seguí fumando y no va a haber laser ni blanqueamiento de dientes que aguante tanta nicotina… Le acababan de aplicar colágeno en los labios y parecía una mujer golpeada. Se quitó las pestañas postizas y el maquillaje, enjuagó su cara, se colocó la crema hidratante de la noche, otra para las manos y una tercera para humectar su cuerpo. Se borró con agua el “MAN$” de la mano, tomó el delineador de ojos y se escribió en la otra palma las letras “BOT”. Colocó una almohada debajo de los pies para disminuir la retención de líquidos y se quedó dormida.
Tenía veintitrés años y al día siguiente iba a agendar su primera aplicación de botox en la cara... Es para prevenir que se formen las líneas de expresión. Además, ¿cuántas veces te dije que dejes de fruncir tanto el ceño?… Vas a parecer una tortuga si seguís con ese gesto. ¿Qué va a doler? No seas miedosa. Todas las modelos pasan por el botox, comienzan a tu edad para mantenerse siempre bien. Es igual que el colágeno en los labios. Al principio las infiltraciones te dolían, pero ahora ya estás acostumbrada, ¿no? Pensá que es una inversión para tu futuro, ¿OK? Va todo por mi cuenta… lo descontamos de la ganancia de la ropa deportiva.
Se puso un pijama celeste, mandó dos mensajes de texto por el celular, chequeó su facebook, aceptó a tres desconocidos dentro de su grupo de amigos, miró distraída los álbumes de fotos que ellos tenían publicados, cerró la laptop y se fue a dormir.
El despertador la llamó a las siete y cuarto.
Desayunó rápido una galleta de arroz con café, se puso un jogging gris que le quedaba amplio como una bolsa, unas zapatillas sin cordones y bajó para encontrarse con Mario, su personal trainner.
Hola, diosa, ¿cómo andamos? ¿Vamos a trotar? ¿Qué te olvidaste? ¿La pantalla? Subí que yo te espero… Igual el sol no está muy fuerte, es pura resolana... ¿Querés usar mi gorro para que te cubra la cara?
Te espero, sí, no hay problema.
A los dos minutos bajó pálida de tanto filtro solar. Cruzaron la avenida para llegar a los parques de Palermo y, tras una rápida elongación, dieron cinco vueltas alrededor del lago, volvieron a alongar y caminaron juntos hasta su departamento.
¿Nos vemos en el gym mañana? Te preparé una rutina nueva para tonificar bien toda esta área. Cuidate, diosa, le dijo señalándole la cintura.

Abrió la heladera y tomó medio litro de agua. Buscó desesperada algo rico para comer. Se hizo un sándwich de jamón y queso y se arrojó a hablar por teléfono con amigas. Al terminar la conversación, se escribió “Ricky” en la mano.
Ricky era el estilista del momento, peinaba a las modelos top de su agencia y ese fin de semana celebraba una fiesta con toda la farándula en un hotel de Palermo. Su manager había contratado la cobertura de prensa, también le había conseguido como acompañante a un actor joven de la televisión.
Ya sé que es medio engrupido, pero su representante me dijo que te quería conocer. Parece que vio tus fotos en la revista “You” de la semana pasada. Esto es  justo lo que estabas necesitando: un poco de notoriedad. Ahora yo levanto el teléfono, llamo a un par de amigos y, en cuanto lleguen a la fiesta, les sacan fotos y son noticia.
A la semana, los medios la habían convertido en la nueva novia del galancito de televisión. Inventaron la pasión que no se tuvieron y cuanta relación cruzada de ex novios celosos se les ocurrió. Como la unión los había beneficiado, decidieron ir juntos al lanzamiento de una marca de cigarrillos. Esa misma noche, después de la fiesta, tuvieron sexo con poca química y nunca más volvieron a mostrarse juntos.

La tranquilidad llegó a su vida cuando la modelo top de su agencia le habló de la sibutramalina. Hace años que la tomo, te acelera el metabolismo y quemás super rápido las grasas. El nutricionista me las dio… Para mí fue la salvación, no se puede vivir a dieta. Pedile al manager que te las consiga. Esperá un segundo que tengo que ir al baño, estoy con diarrea... nada mejor antes de un desfile, ¿no?
Era un alivio saber que cada quien tenía su secreto y, más que la sibutramalina, ella había encontrado en los vómitos la mejor alternativa para mantenerse en forma. Al principio los episodios le resultaron efectivos y liberadores. Había conseguido bajar no sólo los dos kilitos del miniflotador, sino otros cuatro más. Estaba divinamente escuálida y el espejo le devolvía sonriente la imagen de sus sueños. Trabajó sin parar y con una figura envidiable durante varios meses hasta que las marcas comenzaron a reclamar por la flacura de la modelo.
Sí, ya sé que te pedí que bajaras de peso, pero te fuiste de mambo; ahora parecés un espectro. Llegás tarde a todas partes, perdiste vitalidad, y ¡mirá esas ojeras! Esto lo vas a tener que tratar con un especialista. Te estoy hablando en serio. Hace rato que nos dimos cuenta de que vomitás. No nos engañemos… ¡Mirate los nudillos!
Estamos sin contratos, reina, del aire vos y yo no vivimos… Tomá esta tarjeta: es un médico amigo, especialista en bulimia, ya la trató a Anita, ¿la viste lo bien que está ahora? ¿Obesa? Está volviendo a su peso original, lo que pasa es que el proceso lleva su tiempo.
Lo estuve meditando y voy a llamar a tu madre... Tranquila. ¡No me grites! Quien sabe necesités volver un tiempito a tu pueblo hasta que te mejores. Lo siento, reina, la voy a llamar mañana mismo. Pensalo bien y agendate una consulta con este médico. Yo siempre voy a estar acá, esperándote, para que volvamos a trabajar juntos. No llores, linda, todo el mundo sabe que sos una diosa... Es importante que soluciones este problema de salud, ¿entendés? ¿Te compraste las vitaminas que el nutricionista te indicó el mes pasado? Esto no es chiste… estás débil y triste por la anemia. No lo tomemos como el fin del mundo. Todo tiene una solución y aquí estamos para ayudarte.
Ella lo miró con ojos cansados. Le pidió una lapicera, se escribió una “V” en la palma de la mano y escondió sus nudillos en los bolsillos de su campera.
Al día siguiente, la madre la llamaba al celular y ella no contestaba. El manager la buscó por todas partes y en el departamento no había nadie.
La noche anterior pasó por un mercado, leyó las instrucciones de las cajas detenidamente y eligió la que tenía mayores advertencias. También se compró medio kilo de su dulce de leche favorito. Llegó al departamento, se sentó frente al televisor a ver Gran Hermano; más de una vez se le había ocurrido participar en aquel programa. Abrió el frasco de dulce y se comió tres cucharadas soperas, que saboreó con los ojos cerrados; enseguida tuvo el impulso de ir a vomitar, pero se contuvo. Colocó dos sobres de granulado verde en el frasco, lo mezcló y lo aseguró entre sus piernas; con la otra mano se tapó la nariz y continuó comiendo la mezcla hasta casi terminar el frasco. Digo casi porque los cólicos se manifestaron antes de lo que ella esperaba y el frasco se reventó en el piso con el primer retorcijón. Ella, alarmada, se contorsionó en el sillón abrazando su estómago y trató de contener, con todas sus fuerzas, las ganas de vomitar. Se había jurado no volver a hacerlo y pensaba cumplirlo hasta el minuto final. Segundos antes de caer desmayada, pensó en la crueldad con que matábamos a las ratas. Soltó el vómito venenoso que la presionaba y se horrorizó de la imagen que los demás iban a presenciar de ella cuando la encontraran.

Libros

Desde otro lugar
Cuentos
Ed. De los cuatro vientos
Buenos Aires, 2010

ÍNDICE 

Palabras de la autora. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .            

Compañías . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Falta de aire . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

La nocturna . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Leo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Juego de cabezas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Ella, el “escarabajo” amarillo y la flor . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Humildes encuentros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Bella esclava . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Persecución . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Azaleas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Síntomas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Continuidad de las voces 2010
Poesía y narrativa
Ed. De los cuatro vientos
Buenos Aires, 2010

Compañías
Libro: Desde otro lugar
De los cuatro vientos
Buenos Aires, 2010

Bella esclava
Libro: Desde otro lugar
De los cuatro vientos
Buenos Aires, 2010

Desde otro lugar

“Desde otro lugar—escribe la autora— reúne historias que hablan de las relaciones humanas, de la belleza, de la incomprensión y la locura. Escribir me ayuda a ver la vida con otros ojos, desde otros ángulos, me permite liberar emociones, me tranquiliza.”

Una mujer que arroja plantas por la ventana, otra, que quiere adoptar un hijo, sombras que nos persiguen, un mendigo que dibuja piernas en un cuaderno y una bella esclava, son algunos de los personajes que cobran vida en este libro.

“Los cuentos de Gabriela Colombo, escritora argentina con firmes raíces en las tierras brasileñas, tienen la frescura de quien se inicia en la literatura y aborda los caminos de la narrativa con un talento desbordante. Sus cuentos poseen un halo extraño, donde el horror está silenciado tal vez por la naturalidad con que se lo enfrenta. Cada una de sus piezas nos cautivan desde el comienzo y nos instalan en esa comarca ideal donde todo es posible, a pesar de que sabemos que tocamos la zona peligrosa de lo desconocido. La incredulidad del lector queda suspendida y a partir de entonces acepta lo imposible como parte de la realidad. No somos los mismos después de pasar por estas atmósferas de pesadilla y delirio, de fantasmas y de simulacros, algo muy valioso se ha perdido: la certeza y la seguridad. Es tan profunda la experiencia humana que encarnan sus personajes que el lector pasa sensiblemente de la ficción a reflexionar sobre la condición del hombre y su trágico destino.

Como testigo de la génesis de Gabriela Colombo en su derrotero por la escritura artística, le auguro un destino lleno de inspiraciones y aciertos, donde su expresión estética afine su óptica y donde sus fuerzas creadoras se encaminen hacia la perfección.

Desde otro lugar, título sugerente donde se nos invita a traspasar la barrera de los lugares comunes de observación del mundo, marca un primer hito en la trayectoria literaria de Gabriela y nos invita a acompañarla más allá de lo permitido para salir al encuentro de lo inefable.”

Magíster Lina Mundet
Rectora del Instituto Mallea

Continuidad de las voces 2010

El eco de las voces es el reflejo del tiempo pasado atravesando las épocas y haciéndose presente. Y como tal, generando espacios para aquello que pueda venir.

La escritura tiene la virtud, más allá del estilo y el soporte, de representar lo que fue, lo que es y lo que puede ser: por su creatividad, por su libertad, por su capacidad, y la de quien la maneja, de transformarse, mutar y seguir siendo actual.

Las voces argentinas y extranjeras contenidas en la presente edición intentan romper con las barreras del tiempo y crear sus propios límites en los que sólo importe la palabra como tal.

Los autores aquí reunidos fueron seleccionados mediante concurso a través del XXI certamen internacional de Poesía y Narrativa Continuidad de las voces 2009, organizado por la editorial De los cuatro vientos.

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info@gabrielacolombo.com

biografia

Nasceu em Buenos Aires em 1972. É graduada em Administração de Empresas pela Universidade Católica Argentina. Em 1997 estudou marketing na Universidade de Berkeley, Califórnia. Quase dez anos depois mudou-se para São Paulo, Brasil e começou a escrever contos. Participou de oficinas literárias, cursos de redação e correção de textos no Instituto Superior de Letras Eduardo Mallea, de Buenos Aires.

Em 2008 criou com uma amiga um clube de leitura bilíngue na cidade de Barueri, São Paulo. Os leitores participam de forma presencial ou virtual por meio do blog:

www.nossoclubedeleitura.blogspot.com No ano seguinte, foi finalista e ganhadora do XXI Certame Internacional de Poesia e Narrativa Breve da Editora De los cuatro vientos, com os contos: “La Nocturna” e “Compañías”. Ambas os contos estão na antologia Continuidad de las Voces 2009. Em julho de 2010 publica em Buenos Aires seu primeiro livro de contos: Desde Otro lugar.

Clube de Leitura

Em setembro de 2008, eu e minha amiga Andréa criamos o Nosso Clube de Leitura, um espaço onde um grupo de leitores se encontra uma vez por mês para trocar ideias, refletir e discutir sobre livros. As reuniões são na cidade de Barueri, São Paulo, e mais de cem pessoas já estiveram conosco conversando sobre literatura. O blog, a princípio só em português, agora também fala espanhol, e nele participa uma interessante mistura de leitores de diferentes nacionalidades. Gostamos de pensar que o clube de leitura é uma maratona de amigos lendo juntos. Se quiser participar e receber as sinopses dos livros que vamos ler, mande um email. Esperamos por você!

O livro "Desde otro Lugar" por enquanto foi só publicado em espanhol. No San Pablo, Brasil, o livro pode ser comprado na Livraria Cultura.

COMPANHIAS

No começo eu pensei que era minha vista. Eu as enxergava por toda parte. Pensei que era por viver grudada no monitor dez horas por dia. Comprei um protetor de tela, mas a situação não melhorou. De tempos em tempos, tentava esquivá-las ou pegá-las com a mão. Elas voavam de um lado para o outro.
Fui a um centro oftalmológico, onde me dilataram as pupilas à força de gotas ardidas. Fiquei impressionada ao descobrir que também com a visão distorcida eu as continuava enxergando. Por ali passa uma voando, por lá se escondeu outra... Essa que parece uma, na realidade são duas, uma ao lado da outra.
O resultado parcial da consulta foi fadiga visual.
— Você enxerga linhas brilhantes enquanto trabalha?
— Sim, às vezes eu enxergo umas espadas fluorescentes aparecendo nas laterais do monitor.
— "Flashes luminosos". Esse é o nome que dão para esse problema e o tratamento é com um colírio.
— E as sombras?
— Nós as chamamos “Moscas Volantes”. Nunca tentou pegar uma?
— Já, várias vezes…
— São descolamentos de retina. Geralmente começam a aparecer com a velhice. Esse não é o seu caso.
— Como se faz para eliminá-las?
— Não tem jeito. O melhor é ficar amiga das suas moscas e aprender a conviver com elas. Se algum dia perceber que aumentaram, venha logo.

Dei duas voltas pelo hall do consultório até acertar a porta do elevador... eu me sentia tonta. Deixei o carro estacionado, optei por andar. Perambulei pelo centro da cidade como entre trevas. As luzes eram difusas, não podia ler os cartazes, nem os números dos ônibus e menos ainda os nomes das ruas. Fiquei pensando nos cegos.
Quando cheguei em casa me deitei com os braços cruzados atrás da cabeça, apaguei a luz e caí exausta, com a imagem do oculista falando gravada nas minhas retinas. Dormi sossegada até sentir a presença de uma das sombras flutuando por cima do meu corpo. No meio de um arrepio, abri os dois botões pretos que tinha como olhos e me levantei, agitada, para espantá-las. Acendi o abajur e, como um autômato, todas as demais luzes que encontrei em casa. O efeito “pupilas” não tinha fim. Fui até o banheiro e acabei na cozinha tomando um copo de leite morno. A certa altura da vida, não se pode ter medo da escuridão... Antes de voltar para a cama, olhei bem se a luz do corredor iluminava boa parte do meu dormitório. A sombra parece que tinha recebido a mensagem e estava escondida atrás da porta. Cobri a cabeça com o lençol e fiquei com a ponta do nariz para fora para respirar melhor. Por dentro, lhe implorei que não saísse.
Naquela época, a minha única esperança eram os vidrinhos de colírio; cumpria o rito das gotas cinco ou seis vezes por dia. Qualquer coisa para não vê-las mais. Durante o dia, rodeada de gente, a questão fluía bem. Os problemas começavam com o entardecer, parecia que a escuridão as ajudava a se camuflarem melhor, elas se desinibiam.
Tentei entender porque não podia vê-las diretamente, cara a cara. Devia se tratar de alguma característica da visão humana, porque eu podia perfeitamente detectá-las pelas laterais e inclusive por trás de mim. Ao longo dos anos também comecei a senti-las; exalavam um hálito frio, desagradável. Eu vivia em casa com umas seis delas e confesso que me apavorava enxergar mais de quatro juntas por perto. Desde o início pensei em ignorá-las, negá-las e durante algum tempo, consegui manter um comportamento socialmente aceitável, mas um dia elas se enfureceram ou simplesmente se cansaram da convivência e começaram a me assediar de um modo inexplicável. Senti que era uma provocação. Não me deixavam fazer nada, às vezes giravam em torno de mim como um vendaval. Eu as classifiquei pelo nível de pavor que me geravam. Quando lia, elas se cruzavam rapidamente por cima dos livros e davam um efeito parecido com o piscar de olhos. Também deixavam marcas de vapor de água nos vidros e nos espelhos do banheiro, que eu via quando terminava de tomar banho.
Quase todas eram da mesma forma, mudavam de tamanho. Tinham extremidades laterais como se fossem braços; o que seria a cabeça era um todo, em forma de ovo e muito comprida. Pareciam ter um olho só ou uma mancha central por onde olhavam. Será que enxergavam? Não sei se enxergavam ou se só tinham um radar de movimentos. Sem boca, nem nariz nem nada parecido com um ser humano. Desses braços pendiam umas membranas pretas que se agitavam constantemente.
Um dia me desesperei e comecei a atacá-las: joguei um livro numa delas e espantei furiosamente as outras com bofetadas. Rápidas e com bons reflexos, algumas vezes conseguiam esquivar-se. Eu ficava pensando se elas sentiam dor quando eu as atravessava com meus braços. Será que sentiam alguma coisa? O que eu percebi é que perdiam um pouco a forma e, por sua vez, eu ficava tonta. Aquela vez eu devo ter corrido atrás delas durante uma hora sem parar, até ficar exausta. A batalha não tinha servido para nada e a indignação brotava de mim como gotas de suor ao vê-las em estado de contemplação.
Sonhei que saíam voando pela janela ou que se enfiavam dentro das sombras de onde surgiam, para não aparecerem nunca mais. Mas nada disso aconteceu.
Fui a uma igreja e conversei com um padre. Que reze, reze muito para encontrar paz interior, que jogue água benta em todos os quartos... que jante pouco...Deu uma benção especial para mim, outra para a casa e me entregou um montão de santinhos.
Gotinhas de colírio, água benta, orações... Uma amiga me disse que pendurasse alho atrás da porta, que tomasse um banho de imersão com sal grosso e que colocasse vinagre branco na testa. Tentei isso e outras táticas mais.
As noites eram cansativas e eu costumava acordar respirando seus hálitos imundos. Por um tempo, o que melhor funcionou foi um calmante que me receitou um médico. Uma maravilha encapsulada com efeito imediato: depois de dez minutos já me sentia atordoada. As sombras se aproximavam e eu cobria o rosto com o travesseiro para evitá-las. No máximo em meia hora me desligava e não reagia até o outro dia.
Decidi me mudar. Fiz isso duas vezes e cada vez que acabava de arrumar os móveis, apareciam como por passe de mágica. Acho que elas não gostavam da bagunça ou demoravam em me localizar. Na primeira vez que as vi, depois de várias horas abrindo caixas, não aguentei e comecei a chorar. Amaldiçoei a existência delas e comecei outra das minhas perseguições terapêuticas e descontroladas. Enquanto as perseguia, me perguntava se seriam as mesmas. Pareciam as mesmas.
Em uma festa tentei mostrá-las a uma vizinha. Dá para você ver aquela que está saindo da sombra da estante? É a mais agitada do grupo. A única coisa que ganhei foi aquele olhar medroso e desdenhoso, olhar de olhos curiosos que vibram ao descobrir alguma coisa fora do lugar.  Infelizmente, esse olhar era o que sempre surgia depois da confissão das minhas companhias.
Dias depois do meu aniversário de setenta anos, aconteceu aquilo que havia desejado a vida toda: elas desapareceram. Foi de repente e sem aviso prévio. Eu as busquei por todos os cantos da casa e nada.
Jamais pensei que quando o momento desejado chegasse, eu ia me sentir tão agoniada. Fui visitar a minha irmã com a idéia de lhe contar o que tinha acontecido; ela era a única pessoa com quem eu podia conversar sobre o assunto. Cheguei ao seu apartamento, toquei a campainha e não me atendeu. Um vizinho saiu do prédio e aproveitei para entrar. Encontrei a minha irmã lendo o jornal na cama. Não havia percebido a hora: eram 8 da noite. Eu a chamei e não me escutou. Surda como uma porta havia ficado com os anos, pensei. Então mexi nas folhas do jornal. Surda e concentrada.
Vi que ela pestanejava e esfregava os olhos como se de repente tivesse um cisco no olho. Parei bem ao seu lado e ela ficou pálida quando me viu.
— Juanita, disse. E ela, assustada e com cara de nojo, me deu um golpe com o jornal e começou a correr atrás de mim pelo corredor.
— Para, Juanita, para que sou eu! —  gritava eu assustada enquanto tentava me salvar dos pontapés. Fiquei completamente desorientada e me escondi atrás de um móvel.
Ás vezes, ela chora e reage mal quando eu me aproximo. Paciência, digo eu. E me dedico a lhe fazer companhia.